miércoles, 13 de septiembre de 2017

LII

Automática tarea

   Cuando definitivamente la noche se aposentaba en esta ciudad diminuta cargada de extranjeros, D. se abrazaba a él sin pedirle nada a cambio. Solo pretendía saber la calidez de su pecho, con suerte el calmado latir de su corazón de piedra. Ella se estaba habituando a sentir bajo cero, incluso se creía preparada para dejar de sentir y ya percibía el acre merodeo de la desidia. Solo la esperanza de imaginar que aún cabía la victoria sobre las gárgolas del ánimo la mantenía alertada. Puede que rebosante de nostalgia, aún sin saberse, se acercaba a él y lo abrazaba. Como en un brindis —Por los viejos tiempos, masculló con cierta rabia. No obtuvo respuesta. Sabía que los viejos tiempos se habían evaporado como se evapora un beso en la bruma pero no quiso variar su brindis. Tras ello, sin duda, él  se marcharía para siempre. El hito era merecedor de este desvarío. —¡Por los viejos tiempos! que no lo eran tanto, se volvió a repetir y sin embargo le parecían distantes, muy distantes y sobre todo le parecían oscuros e intangibles por más que lo tuviera grabado en su memoria de manera indeleble.

    La noche simulaba un cuchillo de sombras, como un rumor perenne de azogue. Hacía meses que no llovía en la región y el bosque barruntaba algún drama novedoso. Igual la belleza inimaginable de un incendio decorando la oscuridad o el rítmico nerviosismo de  las palomas en los alambres y D., la mujer de los labios carnosos y de los ojos marrones, confirmó sus miedos más íntimos, esos que ya le rugían en la mente como rutinarios. El tictac sincrónico de aquel pecho amado había huido. No tenía más que hacer. Se le encogió el alma y se contuvo el llanto. O solo lo disimuló con aquella congoja pálida y congestiva. —Dios de este universo de las desdichas. Dios que proscribes el amor y el deseo de los que aman y se desean. Dios que no existe, a ti te rezo. Y D., esta vez rota, pese a su entereza inició su vieja oración de la infancia y se le erizó la piel y sintió frío. No se había adaptado a la palidez de los rostros, jamás sintió indiferencia ante una nariz afilada o ante la gelidez de los gestos o en lo exangüe de un rictus, menos aún ante lo de él. Tampoco se había adaptado al deambular sin norte por seguirlo ni a ese vagar circular por la vida como si en la vida todo se repitiera. Lo miró de nuevo con toda la ternura que aún conservaba. Aún seguía sin entenderlo, sin creerlo real. Blasfemó durante un segundo, abjuró de sus creencias, le cerró los párpados, le cubrió el rostro como si ello pudiese protegerlo, renunció a este último abrazo como en un desmayo y lo dejó, le pareció abandonarlo, en el mismo lugar en que unos momentos antes lo había tenido latiente y vital. 

    El mañana está cercano, no podía perder tiempo, ella misma tendría que enfrentarse a su realidad y no todo estaba dicho. Seguramente nada estaba dicho, de ahí que su convicción y la de los suyos se inclinara en que al alba quizás ya no estuvieran. Que el viento que marcan los relojes lo arrastra todo, que el alma es huidiza y célere. Y casi se convencieron de que, incluso, se hubieran perdido los últimos vestigios del amor. Hasta la generalidad del universo le parecía probable ahora.



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