miércoles, 14 de junio de 2017

XLIX

Soy J. y vivo al borde de estos mares del sur, entre rigurosos pinares y algunos eucaliptos salitrosos. El verde es reflejo de la anemia que sufren sus raíces, de la sequedad de las lenguas que los nutre. Es así este mundo que habitamos. Todo tedio o todo fiesta. Tanto y tantas que es una línea continua su discurso. No tenemos estaciones intermedias. O lo uno o lo otro, L. 

Alguna vez ocurre un desastre o un prodigio. Ya nada nos asombra. Estamos habituados tanto a la lágrima como al asombro. Quién podría perturbar a los supervivientes de un cementerio. Somos sombras que deambulamos dócilmente desde el vientre hasta el abandono de las almas. Somos, L. otoños desguazados. No tenemos carne ni futuro. No tenemos ganas y nos hemos amputados el deseo. Enterramos la esperanza cada noche para que nos quede indemne pero en esta ocasión se nos han despedazados sus sílabas. Ya no valen nada. Carecen de sentido y aquí regresan las mordeduras del viento, sus catástrofes diminutas que infectan nuestras ganas. El  hábitat que ansiábamos no cree en ningún dios ni en sí mismo. 

Todo se nos acaba,  L. El amor, los recuerdos, las antiguas sinfonías de los dedos por tus pliegues, la dulzura de mi lengua por tus ingles, las flores del jazmín en el estío y la Luna de julio rodeada de enigmas, de paz, de música en las venas. 

Quiero, L., que sepas, en esta última crisis de mi insomnio, que mi tiempo está a punto de suceder y que si no  sabes nada o no te llegan noticias es que cumplí mi promesa. Yo  también te quiero.



Cuando vivas este núcleo de hecatombes
diminutas y me  jures que es hermoso
el hermoso paisaje que te ofrezco. Cuando
acudas por fin a mi llamada y tu risa
me confiese que mis besos te resultan
adictivos y que es verdad que mis jazmines
exhalan ebriedades en mil idiomas.
Cuando sientas este océano que ahora es mío
y se vierta por tus senos con dulzuras
y te agraden sus salitres y sus tormentas
te sean tormentas para el gozo. Entonces,
amor mío, naceré fervoroso por tus muslos
y estaré en ti como en un templo
hecho de milagros  y de edenes 
para así rezarte cada noche mis lascivias
sacrosantas y alabarte no con mármol
ni amatistas, ni con oros ni homilías 
ni con fuegos de artificios
sino con los tules de mis dedos por tu
entera geografía y con sedas de lujurias
por tu ombligo y por tu pubis y por tus labios
los versos con las mieles  de tus  ingles
y en la  noche de lunática belleza,
quizás única, seremos  líquidos espasmos,
mar de mares, sueño que se adentra
más allá de un instante.




Publicar un comentario