miércoles, 1 de marzo de 2017

Relato 1

Recuerdos del Puente de Hierro

Porque es así y así te lo contaré, Jota. Aquella tarde nadie lo había visto salir. Yo precisamente estaba cerca del puente de Hierro y tampoco lo vi. Mejor dicho no es que estuviera cerca del puente es que estaba en el mismo puente, acabada de subir desde la orilla del caño para encarnar de nuevo los anzuelos y hacer otra lanzada y no, tampoco lo vi. Creo que nadie lo vio. Nadie, Jota. Pasaría tan sigiloso que sin hacer ruido se deslizaría por los raíles como si fuese invisible o puede que aprovechando el paso del tren de las 16 se camuflara con él y le sirviera de protección para transitar a su antojo por el puente del tren. La cuestión es que nadie lo vio pasar y tampoco yo lo vi. De esto estoy segurísimo.
—Pues hubo de pasar necesariamente por aquí, no hay otro lugar de paso y lo sabes. De todas formas ya carece de importancia, Jose, no tiene ningún interés. Lo hemos perdido.
—¿De verdad crees eso, Jota?
—Sin duda, amigo. Aunque lo están buscando los marinos por todo los cañalizos, pero ya sabemos ¿No?
—Sí, ya sabemos. Él no se hubiera extraviado así tan fácilmente y menos con marea baja. ¿Cuántas veces habrá pasado por esto mismo? ¿Cuántas veces habrá atravesado el Caño para ir hasta la Punta?
—Infinidad de veces, mi amigo. Aunque para que suceda cualquier cosa tan sólo hay que estar ahí. Nunca pasa nada hasta que pasa. —¡Qué calor, va a saltar el Levante!
—Ya está aquí. En nada de fuerte a temporal, como si lo viera.

El paisaje era cálido y cristalino. Lucía la sal en pirámides perfectas diseñadas de manera natural y construidas a base de chigre y de vagonetas a pleno Sol. Hora tras hora, día tras día. Yo estuve allí, Jose. Muchas horas, muchos días. Yo estuve ahí con Camarón, con el viejo Camarón dando órdenes para que la pirámide fuera perfecta. Sube, sube, sube, para. Vuelca. Baja, baja, llena. Esas eran sus palabras más cariñosas durante el trabajo. Una y otra vez, una y otra vez, muchas horas, muchos días. Seguro que él sabría cómo actuar en este caso, Jose. Seguro que Camarón nos ayudaría a buscarlo, a quitarnos esta ansiedad. ¿No crees?
Jose guardó un silencio respetuoso, no por lo que yo había dicho sino por lo que intuía que quería decir. Este torpe intento de que alguien en modo Dios hubiera previsto cualquier desgracia y la hubiera evitado o ya fraguada pudiera revertirla o minimizarla cuanto menos.

Camarón se llamaba verdaderamente José —Joselillo para su mujer— su rostro era un mapa con hondos desfiladeros y un pitillo de Celta corto incrustrado entre los dos gruesos bordes que perfilaban el desfiladero más hondo. De vez en vez lanzaba al aire por una bocanada de humo blanquecino como en un intento vistoso de confeccionar aros concéntricos. Decía que le tranquilizaba esos intentos no siempre infructuosos. En otras ocasiones lanzaba al exterior dos chorros humeantes, también blancuzcos, a modo de dragón, que esta vez finalizaba con una tos limpia que no arrancaba nada. Tendría sesenta y algo y las manos huesudas y también zurcidas por multitud de arrugas, manchas y cicatrices. Los efectos de la sal durante la vida, Jotita. Él me llamaba Jotita y me lo llamaba pese a saber que no me gustaban los diminutivos. Menos en mi nombre. —¿Tú no crees que nos hubiese ayudado, Jose? —No lo sé, Jota, sinceramente. De todas las formas él ya no está y por tanto no nos puede ayudar, o lo hacen los marinos o lo hacemos nosotros.

Como predijimos el Levante se enrocó entre los bloque 14 y 15 como si fuera que un portentoso flautista soplara con enfado por una caña hueca. Cuántas veces habríamos jugado a ser pájaros. Nos colocábamos plásticos de mano a mano y extendiendo los brazos nos enfrentábamos al viento de Levante entre esos bloques. Creíamos volar, verdad, Jose. —De hecho volábamos, Jota. Tengo la prueba de ello en unos cuantos golpes marcados en la cabeza, en los codos, en las rodillas… —Sí, nuestros vuelos lo estaban tintados de sangre y de risas.

Nuestras amigos jugaban a plena solanera a futbol en las 7puertas, ahí estaban todos. Todos ajeno a los sucesos. Había desaparecido M. y nadie lo había visto. Salió de casa como para pescar y nadie lo había visto y ya, tan tarde, tampoco había regresado. Jose se lo comunicó a todos. Y todos interrumpieron el partido de fútbol y se quedaron pensativos y desconcertados. Juan se marchó llorando a su casa. Después vendría la madre alarmada para conocer el origen de tanto llanto. Tras la explicación también se quedó muy compungida. —M., ha desaparecido y no sabemos nada de él desde esta mañana. Creo que los de la Marina lo estarán buscando porque Camarón, como usted sabe, ya no puede ayudarnos. De poder lo haría y esto no hubiera sucedido.

El Levante se mantenía terco y fortísimo. Quién no tendría un dolor de cabeza con este Levante, Jose. —Ni tú siquiera, Jota. Y mira que tú aguantas. —Es verdad, pero hoy también a mí me duele la cabeza, debe ser la tensión, ya sabes el temor a mañana o a esta noche sin ir más lejos.

Formábamos corrillos en la esquina del bloque, la que da a las salinas. En frente el puente del tren y más allá el puente de Hierro y el de La Carraca. Un ir y venir de personas nos hacía ver una gran actividad por aquella zona. Cuando el ocaso veíamos las luces de los coches y los reflectores de las barcas de búsqueda. Aquí, en esta parte de la espera tan sólo hacíamos eso, esperar, y en tanto en tanto ver como un rosario de luces ruidosas se perdía en la distancia desde la estación hacia Puerto Real. Su estruendoso paso no dejaba a nadie ajeno. El tren de las ocho, el tren de las diez, el tren de las doces. —Niños a dormir, se empecinaban las madres en desdramatizar la situación. —Mamá, todos al unísono, es nuestro amigo. Queremos estar aquí hasta que regrese, le decíamos. —Ellas, ya sin esperanzas, hacían como si asintieran y nos dejaban un ratito más.

Estábamos de vacaciones de verano. De aquel verano caluroso, seco, ventoso, terrible. De sólo jugar al fútbol por las mañanas, imposibles por las tardes de tantísima calor. Imposible de todo. Las tardes las ocupábamos en vigilar forzosamente y de manera callada la siesta de nuestros padres o en dejarnos llevar por la pereza, algunas veces en ajedrezar las aceras cuadriculadas y jugar a las Damas, después con la fresquita, cuando las golondrinas comienza sus cacerías insectívoras, ya salíamos a la calle a charlotear, a jugar a las paletas, al pañuelito o al coger y a la noche a escuchar las charlas de los adultos que en sus sillas de nea habían salido a las casapuertas para hablar de las cosas de los adultos. En ocasiones, como un regalo del cielo, íbamos al cine de verano.

Sobre la una de la madrugada, el grupo se fue disolviendo aún con un atisbo de esperanza en los rostros. Mañana veréis como todo vuelve a la normalidad, incluso el Levante persistirá en esta normalidad de siempre, incluso será tan normal que nos dolerá la cabeza como siempre y la calor nos impedirá jugar al fútbol por las tardes como siempre y él estará aquí. Veréis que sí. Y nos fuimos marchando cabizbajo como no creyéndonos los unos a los otros. Sí, mañana, veréis como sí.

No pude dormir en toda la noche o no, sí dormí, sí, y tuve horribles pesadillas como las pesadillas de las fiebres altas, como aquella vez que tuve 40 grados y me dieron pesadillas horrorosas, como pánicos nocturnos le había dicho el médico a mamá.

Mamá al amanecer me preparó el desayuno e inmediatamente le pedí permiso para salir a la calle a preguntar por él. Y ya todo era llanto en su casa y luto, un luto espeso que se haría crónico y un llanto compungido que se haría eterno. Lo habían hallado en un cañalizo. Sin saber por qué, sin conocer los motivos, sin más, allí entre el jaramago y el lodo. Azul y rígido. Cian y piedra. Cómo se quita esta angustia, Jota, me dijo Jose. Con el tiempo dijo alguien, con el tiempo, insistió con una angustia intratable. Esperemos que con el tiempo. —Qué diría Camarón de estar aquí, Jota. —Entre aro y aro de humo, entre chorro y chorro de humo, con sus ojos salitrosos, con su tos improductiva, con su palabra grave nos diría que la mar se lleva a los que más están con ella, a los que más la quieren, a los que se atreven más con sus enigmas y diría que no lo olvidaremos, que jamás lo olvidaremos, aunque creamos que sí, aunque pensemos haberlo hecho, él vendrá a nosotros, no siempre, no cada día, pero que estará en nosotros, con sus amigos.


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