domingo, 5 de marzo de 2017

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Diálogo consigo mismo


   No, J. Azimut, no somos buenos. El ser humano, como género, es demoníaco, sobramos todos y este hábitat que creemos tan nuestro se regeneraría sin mayores contratiempos si dejásemos de existir. Seríamos abono, fructífero, abono —J. Azimut— millones y millones de toneladas de abono orgánico para procurar que este mundo resucitase. Necesita de tiempo, de tiempo y de nuestra exclusión, amigo, sea usted consecuente y mire el botón, el pulsador decisivo que tiene al alcance de sus dedos. Mire la clave, cerciórese de su validez y pulse esa tecla, dé esa orden. No dude, J. Azimut, en sus manos está el destino de todas las especies sobrevivientes. La nuestra no cabe. La nuestra es la gran depredadora. Le insisto, cerciórese, no somos buenos, el ser humano en general no lo es. Quizás unos cuantos, quizás, puede, pero le aseguro que aún no han nacido los bondadosos o cuanto menos todavía no han llegado a la cúspide de su evolución. No dude, J. Azimut, hágase un dios y lo que Él creó en un instante destrúyalo usted en otro. Tenga fe.

   Observe su rostro, también usted es un dios y los dioses han de decidir entre el mal o el gran mal, después, tras el estallido, habrá conquistado la paz para este planeta, la paz y la regeneración. Sea usted ese dios justo. Haga pues justicia. No mire la ternura de ese niño que dormita en los brazos de su padre llagado, no mire la valentía de su madre desesperada que rebusca alimentos entre las piedras, no escuche la hermosa sinfonía del mar en las rocallas ni se deje arrastrar por la atracción con que el viento silba entre los pinos, admire la belleza de esta noche, de esta última noche y cumpla con su misión. Mire la luz estelar que nos alumbra y el inmenso resplandor que generará su acto. Hágalo. Cumpla con su destino. Es el orden lo que nos domina. El orden dentro de la locura. ¡Mírese ante la inmensidad de este sueño y obedezca la decisión de los monstruos que lo protagonizan! Una hoja cae desde la noche absoluta hasta el silencio de la hierba y ya no es, el pájaro que mudo entorna sus ojos y el cernícalo lo devora ya no es, no es pétalo el pétalo que se pudre y no es vida la vida que se escapa por las venas. Tome mi pulso, J. Azimut, tome mi pulso, ahí pervive, onírico y exhausto, tan sólo pendiente de que usted decida si es sombra o divinidad o bruma.

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