viernes, 17 de febrero de 2017

LXXXVII

LXXXVII

Tú que habitas las ariscas mesetas,
la límpida mirada de los fríos,
el trino azulado de las aves
de tus campos. Tú que ansías
otros labios, esos besos 
que te fueron sustraídos
sin pedirlo; te mereces
el vuelo a otros paraísos, el vuelo interior
de los libérrimos. 
Te mereces construirte, mejor dicho,
reconstruirte sin rezones,
sin anclas, sin raíces que te atrapen
en la rutina. Tú te mereces,
te insisto, volar,
volar sin otra rémora
que la rémora
que te acerque a mi casa.

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