viernes, 17 de febrero de 2017

LXXXVI

LXXXVI

No pocas veces, el escritor,
se enfrenta a una página en blanco.
No tiene referencias, ni el límite se marca
entre renglones. Es un hueco hondo
que no acepta relleno. Un hueco
al que no le vale ni el beso de tus labios,
siquiera el más ardiente, ni acepta
el vuelo del vencejo, ni quiere
en su blancura la bruma
de mis sueños, ni esa noche de asombros
cuando te adentras en mis sentidos
para enloquecerme el pulso.
La página en blanco carece, casi siempre,
de puntos cardinales, de esas referencias
que dictan los teóricos, tampoco
asume en caso de emergencia,
que me aferre a la memoria
y de esta emoción de recordarte
suceda un signo, una luz,
alguna sensación de que reviva
la tinta que ensucie su pureza.

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