sábado, 10 de septiembre de 2016

Septiembre 10.3

Voz

Amigo que vas por las ciudades
con los ojos vendados. Mira por mí
la belleza de los cuervos, sus picos de lignito,
el carbón de sus plumajes, mira ese vuelo indecible
para batir las leyes de la gravedad maldita.
Nosotros somos piedras, pecio en las honduras.
Esa es la tragedia que predigo en los nuestros. 
Amigo que te adentras en las ciudades
como en un mar de almas inexistentes
palpa esos corazones transeúntes
que se extirpan los gestos, que proscriben las lágrimas
del fondo de su ser. Alértalos, diles
que hay niños que lloran en los acantilados
y que tienen frío y que en las noches hermosas
de este estío límpido se vuelven azules
como de pulmón infectado. Amigo grita
el llanto de las madres sobre las olas hieráticas,
promulga algún luto, proclama una tristeza,
tañe una campana que vibre por los solos,
que sacuda la piel de los bienaventurados
para que alcen sus rezos, sus llantos y destierren la ignomia
de mirar esta debacle sin pronunciar un estruendo
o acaso, si es pedirte mucho,
déjanos  tranquilo aquí con nuestras muertes,
el mutar la sangre viva por la palidez de los témpanos
que ya llega el invierno cargado de seroja,
cargado de humedades,
cargado de espesuras
que nos nublen la esperanza
como a un vidrio que se anoxia
aterido de abandono.

Bruma
tan sólo somos bruma
que al alba se disipa.

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