viernes, 17 de octubre de 2014

XXI

Paco, esto, don Francisco, contaba una a una las baldosas que pisaba, digamos que como en un juego romboidal desde su despacho, allá en la Calle, mira qué casualidad San Francisco, hasta su casa, losas rojas a la izquierda, losas blanquecinas a la derecha; doscientos, puede que trescientos, quizás cuatrocientos [perdona esta imprecisión mía para el cálculo, al menos para el longitudinal, no sé cómo arreglarlo, jamás por más que lo haya intentando. —Es como... —Como eso que me ocurre con la música clásica, ah, ya te lo habré contando en más de una ocasión, discúlpame, Lucre], quinientos metros más abajo. Más abajo sí pero no mucho más abajo porque la pendiente no me pareció nunca muy pronunciada, aunque sí al venir, al venir por algún motivo me parecía como más, pero no, qué cosa, para ir, el ir siempre sugiere como más alegría, salvo excepciones que tú comprenderás sin dificultad alguna, mi princesa.


Al rato, al rato, ya me conoces este sería un algo que puede abarcar desde, desde, pues desde un rato hasta varios minutos, digamos que hasta cincuenta y nueve, después ya se mide con inquietud y mariposillas en el estómago; bueno, nena, que te digo con el tiempo, al menos en el día de hoy, como te decía con las distancias longitudinales, que no logro una exactitud medianamente razonable. En verdad todo yo soy poco o nada medianamente razonable, salvo esas excepciones que tú comprendes sin dificultad alguna, Lucre. —No me vuelvas a llamar Lucre, sabes con una certeza razonable que no me gusta que me llames Lucre y por tanto te pido, eso sí, amablemente, y antes de tomar medidas, que no lo hagas. —¿Medidas, mi amor? ¿Acaso no me oyes? ¿No te he dicho que soy nefasto para esa cosa de las medidas! ¡Un desastre, mi Lucre, como si no me conocieras, vamos como si acabaran de presentarnos! —¡Puf, puf, puf! —Bufas como enfadadita, cariño, por qué esos resoplidos tan alarmantes o acaso no lo son tanto, ni resoplidos en sí mismo o si lo fuesen no lo fuesen como para alarmarse. —Te insisto en lo de Lucre, llevo, y lo sabes, dos años, dos meses, dos días y dos minutos pidiéndote que... y tú... tú erre que erre con lo de Lucre, con lo de Lucre, con lo de... Bah, déjalo, dime, qué le sucedió a Paco. —¡Uy! claro te estaba contando lo de don Francisco y casi que pierdo el hilo. ¿Cómo lo de Paco, has dicho lo de Paco! ¿Tú, cariñín, me pides, me exiges eso de que si Lucre sí o Lucre no y ahora me vienes con que a don Francisco, el presidente de esta comunidad general, le llamas Paco, a mí me vienes con esas, pero cómo te atreves, mi amor, cómo...? —Le llamo y perdóname Jota, no me tengas en cuenta este exabrupto, como me sale del coño.


Me gustas cuando te enfadas, Lucre, porque me dejas como ausente. Estupefactado y te ruego no me tengas en cuenta tú tampoco este neologismo. 
—¿Has dicho lo que has dicho? 
Rotundamente y me reafirmo en ello con cada letra y con cada gesto, y vocalizó a saber qué pero sin duda de suma gravedad para mi integridad psicológica de haberlo escuchado y guardó un silencio como tenso haciendo tics impropios de su finura y de su prestancia. 
—¿Sigo?
—No, no sigas, volvió a hacer una acrobacia con las manos y se reafirmó en lo dicho.
Pues que llamó al portero, al automático, y no le respondió nadie en casa. En la suya, por supuesto. 
—Pero si vive solo. 
—Pues por eso, por qué iría a esperar que le respondiera alguien. ¿Un sueño, un deseo, la esperanza de un milagro? 
—Espabila, me dice. 
—Sí, tampoco tengo conciencia del tiempo. Cómo tener conciencia del tiempo ahora tan célere como un trasunto de los vencejos, ahora tan despacioso como un minuto en la consulta del odontoestomatólogo. 
—¡Que concretes, coño! 
—Has sido sencilla a la par que contundente, creo que comienzo a entenderte, mi amor.
Pero oye, mi Lucre, óyeme atentamente, la verdad es que me exasperas con tanto excesos en tus expresiones. ¿Te podrías controlar un poquito, cielo, tan solamente un poquito? Esas palabritas no se dicen o al menos no con tanta insistencia y gesticulaciones. ¿Dónde tu calma, dónde tu elegancia?. Ya espero una reacción como la que vendría, como si lo viese.
—¡Puf, puf, puf! fue lo que masculló, precisamente la reacción esperada, eso sí mucho más escueta, más elocuente, más ella.
—Ay, esos puf tuyos me llegan al alma, preciosa mía. 
—¡Sigues o le quito el mute a la tele que me estoy perdiendo lo que me estoy perdiendo en tanto pierdo también el tiempo con tus laberintos verbales y sí, es una amenaza, no necesitas preguntármelo!


—Vale, pues como ya hemos deducido que ocurriría no le respondió nadie. Eligió sabiamente, y a saber tú los motivos, el evitar el ascensor y como un campeón tomó escaleras arriba hasta  su séptimo piso. Lo supongo jadeante, agotado de todo el día en el despacho con su qué le pasa a usted, señora, que le duele el qué, ah, sí, la garganta, póngase ahí, abra la boca, diga "a", más fuerte por favor. "A", repita, se lo ruego, "A", sí roja, la tiene roja. —¿Cómo dice usted que la tengo? —Roja, señora. —Pero muy roja. —No, señora, no muy, tan sólo roja, roja de un rojo escasito pero suficiente. —¿Y es grave, doc? —No, no, no es grave, aún así y pese a la levedad del cuadro, habría de tomar usted tal cosa y tal otra y esta también. Pienso que se sentiría pesaroso, apesadumbrado, puede que cargado de nostalgias de sabe dios cuando, de sabe dios qué o puede que simplemente otoñado, como estamos en el otoño pues como para mimetizarse con el hábitat y qué pensaría, qué se le pasaría por la cabeza, él tan diligente, tan predispuesto, además de tan... cómo decírtelo, cómo lo explicarías tú, vida mía —¿Y eso, Lucre...? le pregunto por más que sepa que a ella le disgusta que le pregunte cuando cree que los signos son inconfundibles, que lo son. [Refunfuña de nuevo con una resignación digna de encomio, incluso sonríe sin querer que yo me percate de esa sonrisa que tanto, pero que tanto me gusta y lo sabe. Lo sabe y por eso la evita, lo intenta, cosas suyas, me diría, a qué interrogarla sobre ello, cosas suyas].


—Lucre, debería tener algo de calor porque, porque... ¡Dios, Lucre!



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