jueves, 16 de octubre de 2014

XX

Yereday. Qué te cuento, mi amor, de  Yereday. Empezó todo con un día lluvioso. Bueno, húmedo sin que la lluvia fuese apenas unas gotas escapadas de unos nubarrones de espanto. Anoche, no me lo tomes en consideración, tomé, entiéndase por bebí, varias copas de un licor exquisito. No te diré ni los años ni su nombre, a qué presumir de calidades a estas alturas. Sí que te quisiera aclarar que cuando digo varias copas pues hago referencia a tres exactamente y que cuando digo un licor pues entiéndase por un elixir de los que los entendidos llaman, pues eso, elixir, yo, sin embargo y pese a todo tipo de recriminaciones, lo mezclé con una tónica realmente nauseabunda o era una gaseosa, vete tú a saber, aunque en el conjunto, en el todo, la combinación estaba, cómo contarte, aceptablemente soportable para una persona, que como ya sabes, no soy muy dado a este tipo de extravagancias. Lo son para mí, a la suficiencia quiero apuntar. Tres.

Fui al mercado y tú dirás que qué, pero te cuento que fui al mercado porque es algo inusual que un tipejo tan pusilánime como yo vaya al mercado, al de la carne y al de las frutas y verduras, al del pescado, los odio a todos, sin excluir a nadie. No me pidas que te explique. Cuántas veces habremos hablado sobre ello. Eh. El día, la mañana comenzó lluviosa -te lo he dicho- aunque me gustaría aclararte que más bien era humedad condensada en densos nubarrones tan nigérrimos como la mirada de cualquier fin del mundo. Estuve además en la peluquería, debería decir en la barbería pero estoy convencido que me llamarías rancio o antiguo o acaso, si te cogiera con perdón en uno de esos contados momentos de empatía, te reirías graciosamente de esa expresión y lo peor es que me harías reír también  a mí y mira, mi amor, llevo varias jornadas, sin ganas de reír. Verás por ello que estoy algo desbarajustados de mis equilibrios internos. Me corté, cortaron, el pelo, hasta un número casi infinitesimal. Ah, mi largo pelo de más de dos meses de saludables cuidados fue cercenado dulcemente por unas manos femeninas. Sí, eran las manos más femeninas que jamás he visto, sentido, en un hombre o en una mujer a excepción de las tuyas, sea dicho con todo fundamento. Bueno, mi amor, qué te cuento de Yereday, qué, que morirá mañana, que quizás ya lo esté haciendo. Bah, sabemos los dos, tú y yo, que esto de la muerte es un tránsito. Un pequeño tránsito desde el ahora sí al ahora no. Desde un poco a un nada. Un hito sumamente sin importancia para el que muere, más si cabe si es un niño el que surca ese límite, qué sabe él, qué ha sentido, con qué compara la experiencia si la eternidad precisamente para él ha sido tan efímera. Tampoco sabría explicarte, nunca lo supe, qué cosa es un trillón de años luz. Creía en dios [él], ya lo sabes, así que todo está hecho. ¿Te vendrías esta noche a cenar al Melody? No, tú no. Seguro que andarás lloriqueando por lo leído o acaso eso de andar sea mi manera de decir y estés acurrucada en el sofá tan mullido como mis brazos amantes cuando te cobijas en ellos. Si ya te avisé, mi amor, qué te cuento, te dije y tú insiste que insiste hasta que me dejas sin cena, hasta que filosofas, entre lágrima y lágrima, con eso del tránsito y las eternidades céleres ¿No dije efímeras?. No volverá a suceder. Que te quede claro, princesa.

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