martes, 9 de septiembre de 2014

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Emilia se dirigió pausadamente hacia el balcón de su nono piso. ¿Habríamos de decir nono o noveno, mi amor? Abrió el amplio ventanal con conexión directa a los cielos celestes de su urbe. ¿Urbe o ciudad, cariño mío?. Respiró con un egoísmo absoluto el mes de septiembre en su nono día. Se recreó en la hermosura de los tejados, en el tremolar de los tendales repleto de camisolas, de faldas, de pantalones vaquero, en el resplandor profundo de las placas solares y miró con gula la altitud que tanto la atraía. El aire fresco de la tarde se le detenía en el pelo como una furia de calmas. ¿O debería omitir tanto oxímoron, querido mío? El vértigo de las alturas se apoderó de su rostro, como un pájaro, como un ángel, como la hoja que tras tanto estío por fin se desmaya y como una mujer decidida a todo cerró el ventanal acristalado y el inmenso ruido de las calles bullentes se quedó afuera. Ah, por fin mi propio silencio, masculló, en tanto él dormitaba en el butacón mullido como si fuera un cerdo, perdón, como si fuera un niño.

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